sábado, 24 de mayo de 2014

Carta a Shirlen Nadiezda Peña

Por Orbis Beltré  Relacionista público de ATEODOM / Asociación de Ateos Dominicanos

La defensa no es a los haitianos, y ningún dominicano defendería a extranjeros o compatriotas que incurriesen en actos vandálicos contra los símbolos patrios.

No se defiende la presencia haitiana legal o ilegal en nuestro país, el llamado de las voces dominicanas contestatarias a la sentencia TC/168-13, es para que el Estado dominicano no transgreda los derechos fundamentales de unos seres humanos en condiciones tan vulnerables.


No se defiende la actitud beligerante que pudiera existir en muchos haitianos hacia nuestra sociedad; no se defiende que a ellos se los considere dominicanos si no cumplen los señalamientos de la ley, lo que se persigue es que las autoridades y el pueblo en sentido general, los vea como seres humanos.

Desafortunadamente, la apatía cívica de nuestro pueblo ante el imprescindible conocimiento de la historia que nos dio origen como nación, ha provocado que muchos practiquemos un patriotismo que no va más allá de acariciar cualquier pretexto para ensañarse contra los haitianos.

Los haitianos no son nuestros enemigos; ellos no quieren invadirnos, solo vienen a nuestro país empujados por la misma fuerza que empuja al dominicano a echarse al Canal de la Mona para llegar a Puerto Rico. 

Los haitianos vienen a nuestro país, empujados por la misma fuerza que empuja a los mexicanos a cruzar la frontera hacia Estados Unidos. 

Los haitianos vienen a nuestro país, empujados por la misma fuerza que empuja a los marroquíes a cruzar el Gibraltar para llegar a España; ellos vienen a nuestro país, empujados por la misma fuerza que empuja a la África negra a echarse al Mediterráneo para llegar a Europa.

Los haitianos vienen a nuestro país, empujados por la misma fuerza que empuja a los habitantes del cuerno africano a dispersarse por toda esa vastedad continental.

Todas estas, que son migraciones forzosas, tienen la misma causa: carencia. El ser humano no se deja morir, se resiste el ser humano a dejarse morir sin hacer un último esfuerzo, y enfila su rumbo hacia donde cree posible algún bienestar. Y fue así siempre, es una naturaleza que incluso la asumen los animales no humanos.

Nuestro amor a República Dominicana no debería consistir en palabrería hacia los símbolos patrios. Los símbolos patrios se defienden solos cuando somos capaces de comprender los más básicos soportes sociológicos de los pueblos, lo que significaría levantarnos como una sociedad fuerte, y no como la sociedad anémica que somos, gracias exactamente a quienes azuzan el temor y el resentimiento, tanto en Haití como en nuestro país, para triunfe la culpa y no la armonía. 

La historia tiene para mostrarnos, cuán perversa ha sido esta forma de amor patrio que han practicado varías generaciones dominicanas, y que todavía hoy la seguimos practicando.

Los enemigos de nuestros héroes independentistas pudieron ser las autoridades haitianas de entonces, pero quienes los traicionaron, quienes los humillaron, quienes los condenaron a exilio y/o muerte miserable, fueron los dominicanos; dominicanos que irónicamente apelaron a su “amor” por la Patria para volverse en contra de Duarte y de los trinitarios, y a favor de Pedro Santana, de Tomás Bobadilla, de Buenaventura Báez y de esa Iglesia católica que como ahora aquella vez, estaba dirigida por Tomás de Portes, un sátrapa de la fe que parece haber reencarnado en su Eminencia Reverendísima, Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.

Basta de manipulación, no se defiende a los haitianos, lo que se defiende es que sean tratados como seres humanos!
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